Neva, la de los Pelos Doblados

Esos rizos...

Esos rizos…

Vaya, han pasado siglos desde mi último post… Haré como que no me he dado cuenta.

Aunque al final no escriba, a menudo me encuentro en situaciones o visito lugares que pienso se merecen un comentario en este blog. Mas de una vez las historias que me apetece contar tienen que ver con perros. Es difícil vivir en Sídney y no conocer alguna anécdota protagonizada por ese amor desmedido a las mascotas que se respira en esta ciudad tan perruna y que, ya he comentado en otras ocasiones, a veces roza el ridículo.

Por ejemplo, cuando paseaba a Neva por nuestro antiguo barrio de McMahons Point me solía cruzar con un tipo específico de señora de unos 60 años, de buen ver, seguramente ya jubilada y con mucho tiempo libre, muy propia de aquel barrio. Estas señoras son apasionadas de los perros y los jardines públicos que suelen cuidar ellas mismas como si fueran propios. Hay que reconocerles el mérito en el cuidado de estos pequeños jardines de barrio porque gracias a ellas lucen espectaculares a lo largo de todo el año. En cuanto a los perros, cuando te cruzas con una de ellas camino del parque, tienen la desconcertante costumbre de dirigirse a ellos como si se tratara de auténticos niños. En concreto, los rizos de Neva y su ausencia de rabo llamaba la atención y no había día que saliera a la calle que una de estas señoras no nos parara y se pusiera a hablarle directamente a ella con frases tipo: “Oh señorita, qué buen abrigo natural llevas para esta mañana tan fría, verdad?” o la mas sorprendente teniendo en cuenta la actitud de víctima de Neva cuando intentaba arrastrarla hasta el parque: “Uy, ¿cómo se llama esta perrita tan linda que se muere de ganas de llegar al parque a jugar con los otros perritos?” y en mas de una ocasión iban mas lejos, como insistiendo en mantener una verdadera conversación con ella: “¿Cómo te llamas, bonita, con esos rizos maravillosos? ¿de qué extraña raza eres?”. He de reconocer que ante tanta convicción en el tono de la señora de turno, que además está medio agachada para dejar claro que a quien se dirige es a la perra, me sentía un poco incómoda porque, claro, Neva no les respondía. Entonces, confieso, en alguna ocasión esbocé una especie de respuesta con voz de pito como si viniera de ella y decía “me llamo Neva y soy una perra de aguas española”. A continuación miraba a todos los lados para asegurarme de que nadie mas que la señora me había escuchado y que no había ninguna cámara oculta en la zona.

Aunque pude comprobar que mi reacción les parecía de lo mas normal porque tras mi respuesta ellas seguían conversando con la perra, no tardé en dejar de hacerlo, me sentía demasiado ridícula y total Neva no lo apreciaba. Porque si mi Neva hubiera hecho el mas mínimo gesto de valorar mi esfuerzo por socializar con las vecinas, yo habría continuado, los que me conoceis lo sabeis bien.

La cuestión es que Neva ya no está. Hoy hace 2 meses y 18 días que tuve que tomar una de las decisiones mas duras de mi vida. Qué difícil es entender cuándo ha llegado el momento, discernir su bienestar de mi egoismo. Querer tenerla a mi lado, pero no a cualquier precio. No me voy a recrear, me da mucha vergüenza. Los que teneis animales en casa me entendereis y con eso me basta.

La gente me dice que me acuerde de los buenos momentos que he pasado con ella y hacerlo me entristece aún más, pero es cierto que en estas últimas semanas me han venido a la mente muchos recuerdos de los últimos 13 años. A través de la biografía de Neva he revivido parte de la mía propia y, ahora que estoy tan lejos y con una vida tan diferente a la de aquellos años, me siento totalmente melancólica. Mis recuerdos de estos días son especialmente para todas aquellas personas que de algún modo han sido una parte importante de la vida de Neva y a las que les agradezco sus cuidados y su paciencia cada vez que nos íbamos de viaje: desde Rosi, siempre dispuesta a cambiar su turno de trabajo para acompañarla cuando no estábamos en casa, a sus madrinas, Carmen la jerezana y Alexandra, la mallorquina; a Takako, Marga, Cristina, Martin, Margarida y Jordi. Algunos de éstos llegaron incluso a coger un avión hasta Jerez para pasar unos días con ella. Ya en Australia, Mary, Ana, Jordi, Gabriel, Josephine y Careen fueron su nueva familia. Todos se adaptaron a ella y ella a todos. Gracias por encontrar un hueco para cuidarla. También gracias a todos los que tuvisteis que aguantarla porque yo era de esas de “no sin mi perra”, sin ir mas lejos todas mis compañeras de Montenmedio y las dos familias Blázquez (la humana y la perruna) y a todos los amigos que aún no queriendo animales en su casa la acogieron en algún momento. Neva era mi sombra y tantos amigos lo entendieron que hasta tengo mi pequeña colección de retratos nevísticos, dibujos, fotografías, cuadros… era una auténtica estrella.

Esta foto es una de mis favoritas porque es la que mejor nos describe. Nos la hizo Juan Angel en el verano de 2009 en la playa de Bolonia.

Esta foto es una de mis favoritas porque es la que mejor nos describe. Nos la hizo Juan Angel en el verano de 2009 en la playa de Bolonia

Por supuesto, también tengo estos días un recuerdo muy cariñoso de todos los perros que he conocido a través de Neva. Desde sus primeros amigos, Curra, Teo y Frida a sus amistades de la plaza san Marcos, Kiko y Homer, sus favoritos. También sus rivales a la hora captar la atención y mimos de los humanos, Lolo y Muddy y, por supuesto, el santo de su primo Rasputín, que soportó estoicamente su acoso verano tras verano en Mallorca. La verdad es que Neva no era una perra precisamente simpática, era ansiosa y holgazana a la vez, antisocial perrunamente hablando y acaparadora. Cuando sólo tenía un año, un poeta de Huelva la definió perfectamente cuando dijo de ella que era una “jodía por culo”. Luis y yo nos quedamos impactados porque tan ilustre personaje usara una expresión como ésta, pero la verdad es que es tan acertada que todos estos años nos hemos acordado a menudo de él. Desde aquí un abrazo a Juan Cobos Wilkins aunque no creo que llegues a leer esto. No existe otra manera mas acertada de definir a nuestra perra y nos encanta que venga de un poeta.

No era simpática, digo, pero se metía a todos en el bolsillo con su aspecto de peluche y su continua necesidad de mimos. Helena, la hija de una amiga, decía de ella que tenía los pelos doblados (con 3 años, la palabra “rizos” aún no había entrado en su vocabulario). Esos rizos, su trufa marrón, sus ojos color miel, el olor de sus pezuñas… ay cómo te echo de menos, Nevita, hasta has conseguido que vuelva a escribir en este blog.

Con su amigo Muddy.

Con su amigo Muddy

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Consejos para el correcto avistamiento de un ornitorrinco

calendario Este mes de agosto mi calendario del zoo de Taronga tiene una foto de un ornitorrinco. Un bonito primer plano que me permite observar con detalle ese enorme pico reluciente, que a mí parece de charol y esos simpáticos ojitos, que da la impresión de que se los ha maquillado con rímel en las pestañas y una atrevida sombra que se prolonga a los lados de la cabeza. No sé porqué me fascina tanto esta foto, mas que las de los animales de otros meses a los que nunca he visto en vivo (el tigre, el lemur, el orangután, el gorila…).

Será porque estuve muy cerca de ver alguno, fue en Tasmania el pasado enero. Viajamos al Noroeste de la isla, la zona mas salvaje, donde gran parte del territorio está ocupado por el impresionante bosque de Tarkine, el bosque húmedo templado mas grande de Australia, que alberga la mayor concentración de restos arqueológicos aborígenes y es el hogar del inquietante diablo de Tasmania, entre otras especies animales que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. En resumen, estábamos en el lugar idóneo para avistar al singular ornitorrinco.

Desde que salimos de Hobart prestamos atención a los lugares donde había posibilidades de encontrar un ornitorrinco en nuestro recorrido. Cualquier parada junto a un lago, un estanque o un río incluía una inspección de la zona. Aunque sabíamos que estos animales son tímidos y es muy poco probable avistarlos a plena luz del día, no descartábamos el “milagro”, al fin y al cabo éramos 6 adultos vigilando atentamente.

En el río Franklin tampoco localizamos ningún ornitorrinco. Su color ocre es debido a las hojas de un tipo de eucalipto, que "tiñen" el agua.

En el río Franklin tampoco localizamos ningún ornitorrinco. Su color ocre es debido a las hojas de un tipo de eucalipto, que “tiñen” el agua.

A lo largo de nuestro largo recorrido hacia el Noroeste íbamos recabando información a los locales en cada una de nuestras paradas técnicas, qué había qué hacer (o no hacer) para tener mas posibilidades de encontrarse con un “platypus”, como lo llaman en inglés. En un pequeño restaurante de carretera donde nos paramos a comer unos deliciosos sandwiches (bueno, Luis se empeñó en pedir unos “scones”, algo totalmente inapropiado a la hora de comer, y que lo dejó visiblemente disgustado) vimos una foto de un simpático ornitorrinco dejándose llevar por la corriente panza arriba en el riachuelo que pasaba junto al restaurante. Esta imagen nos dio muchas esperanzas, si había sido posible sacar semejante imagen a un animal que es célebre por su timidez, cómo no íbamos a ver nosotros al menos uno en los 6 días de viaje que teníamos por delante, sobre todo con la atención que le prestábamos. La camarera nos confirmó que esa imagen se tomó allí mismo, junto a nuestra mesa, y su falta de entusiasmo nos dio a entender que se trataba de una escena totalmente cotidiana, lo que reavivó nuestras expectativas. Además, ante nuestro interés nos dio un consejo: “buscadlos al amanecer y al anochecer, es el momento perfecto, el resto del día no hay nada que hacer”. Bueno, no nos lo ponía fácil, lo del amanecer lo descartamos por razones obvias, el anochecer… ya nos organizaríamos para parar cerca del agua a esa hora.

Una mañana, antes de comenzar nuestra ruta paramos a desayunar en un cruce donde había un puesto de desayunos enormes y nutritivos junto a una gasolinera, de esos lugares a los que llamamos “de camionero” y donde aparte de los desayunos vendían todo tipo de souvenirs como postales, camisetas, tazas, llaveros y peluches, todos con imágenes de diablos de Tasmania, ornitorrincos, wallabies, wombats y toda la fauna y flora tasmana. No lo pude evitar, le pregunté a la señora que nos atendía dónde nos recomendaba ir a ver ornitorrincos. Su respuesta fue tajante: “llevo 20 años en Tasmania y sólo he visto uno, así que no perdais el tiempo”. Fue un golpe bajo, ¿cómo podía ser tan desconsiderada con unos turistas ilusionados?

La estética de los "diners" de carretera...

La estética de los “diners” de carretera…

La verdad es que a medida que pasaban los días se iba confirmando el augurio de la señora de los desayunos… Ni rastro de ornitorrincos, ni siquiera en los libros de avistamientos que se encuentran en los centros de visitantes de todos los parques nacionales por los que pasamos. La gente, nosotros también, veía sin problemas a la peligrosa serpiente “Lowland Copperhead” (Austrelaps Superbus), wallabies, wombats, diablos de Tasmania, quols, equidnas… y cada varios meses, un afortunado escribía “platypus!!!!!” así, rodeado de exclamaciones, por lo insólito de su avistamiento.

Una Lowland Copperhead en nuestro paseo. Si no se trata a tiempo, su mordedura puede ser mortal.

Una Lowland Copperhead en nuestro paseo. Si no se trata a tiempo, su mordedura puede ser mortal.

Los simpáticos wallabies están en todas partes. Por las noches cruzan la carretera y son un auténtico peligro.

Los simpáticos wallabies están en todas partes. Por las noches cruzan la carretera y son un auténtico peligro.

Hasta que ya en el camino de regreso a Hobart, en nuestra última noche nos alojamos en un modesto pub del diminuto pueblo de Waratah, que es uno de los accesos al misterioso bosque Tarkine. No vimos en Waratah mas habitantes que la familia que regentaba el pub y a ellos les preguntamos, una vez mas, qué había de aquel animal que a esas alturas del viaje ya se había convertido en una quimera. Ante la pregunta nuestra posadera respondió entusiasmada que estábamos en el lugar ideal, justo al otro lado de la calle hay una laguna llena de ornitorrincos, no hay mas que ir al anochecer, ponerse cómodo y esperar pacientemente, seguro que los acabareis viendo.

Nuestra última parada en Tasmania. El pub del diminuto pueblo de Waratah tiene unas modestas habitaciones y ofrece hamburguesas de wallaby en su menú del día

Nuestra última parada en Tasmania. El pub del diminuto pueblo de Waratah tiene unas modestas habitaciones y ofrece hamburguesas de wallaby en su menú del día

“Pero debeis que estar muy atentos”, nos indicó, “es un animal muy huidizo y teneis que aprender a detectar las pistas que os da. La clave para localizarlos son las burbujitas en el agua tranquila, eso significa que están allí. A veces ya rozan la superficie, entonces notareis unas ligerísimas ondas en el agua y… un palito, como si vierais un palito flotando, eso, definitivamente, es un ornitorrinco”. Con ese último dato clave entendí que jamás vería un ornitorrinco tan claramente como en mi calendario del Taronga Zoo, por muchos carteles que avisen de su presencia.

platypus signal

 

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Deporte y estrés II

Por mas que nos esforcemos en obviarlo, lo del deporte aquí es muy serio, forma parte de la educación de los australianos desde niños. En la escuela, cada trimestre practican un deporte diferente para que puedan decidir cuál es el que les gusta y al que dedicarán gran parte de su tiempo en el futuro. Esto, para los australianos patosos y poco amantes del ejercicio (parece increíble, pero existen) supone un auténtico trauma. No ser capaz de integrarte a través del deporte es un estigma, así que los mas torpes aprenden a sobrevivir como pueden en la etapa escolar.

Richard, un colega de Luis, recuerda con horror los partidos de rugby de su colegio, uno de los mas prestigiosos de Sydney en aquellos años donde se practicaba el que es por todos conocido como un deporte de caballeros (no quise preguntarle dónde se encuentra la caballerosidad en el rugby, no lo habría entendido). Tal era el desasosiego que le invadía cada vez que tenía que jugar, pensando en la avalancha de golpes y aplastamientos que se le venía encima, que su hermano mayor le dio un par de pautas para superar dignamente el mal rato: “Si la pelota cae en tus manos, pásala inmediatamente a quien tengas mas cerca”. Richard se tomó al pie de la letra el consejo de su hermano y evitó por todos los medios que le pasaran la pelota. En una ocasión que irremediablemente cayó en sus manos apenas la mantuvo y como si fuera una bola ardiendo hizo un pase hacia atrás con tanta suerte que el que estaba mas cerca era uno de su equipo. Al parecer fue un movimiento técnico que rozó la perfección y se convirtió en el héroe escolar durante varios cursos seguidos. Me asegura que en su colegio todavía se recuerda ese pase 40 años después.

Ante esta abrumadora presencia del deporte en la vida australiana se me ocurrió que sería un buen regalo de Navidad para mi familia una clase de surf en el escenario mas emblemático. Si vienes a Sydney, tan importante como ver el puente, la ópera y el zoo de Taronga es vivir la experiencia surfera al menos un día, así que un sábado nos fuimos todos hasta Palm Beach, la playa mas septentrional de todas las de la costa norte (Luis rechazó amablemente mi propuesta, a cambio recibió una clase de Taiko, la técnica de los tambores japoneses, que también tiene su miga).

Fuimos a esa playa porque allí las olas son pequeñas, perfectas para una clase de iniciación. Cuando digo olas pequeñas me refiero a un metro de altura, no creo que mucho mas. Sin embargo, lo que no esperábamos es que la clase se iniciara con una disertación sobre la geomorfología de las playas australianas.

Afortunadamente, no existe testimonio gráfico de nuestras torpezas sobre una tabla de surf pero os podeis hacer una idea del escenario. Palm Beach, cuesta creer que unas olas aparentemente tan pequeñas nos dieran tanta guerra

Afortunadamente, no existe testimonio gráfico de nuestras torpezas sobre una tabla de surf pero os podeis hacer una idea del escenario. Palm Beach, cuesta creer que unas olas aparentemente tan pequeñas nos dieran tanta guerra.

Resulta que cuando llegas a la playa, mas importante que localizar las olas es detectar las zonas de corrientes (“rips”), que son las realmente peligrosas. Estas corrientes te llevan mar adentro y aunque está científicamente comprobado que 9 de cada 10 acaban devolviéndote a la costa, no conviene que te atrapen ya que pueden tardar horas -o días- en depositarte en algún punto de la costa a varios kilómetros de donde saliste, con el consiguiente riesgo de hipotermia y, cómo no, con mas posibilidades de toparte con un simpático tiburón.

Porque la sombra del tiburón siempre planea en la mente de los no sydneyanos… Los nativos le restan importancia y te aseguran que cada año hay mas muertes por practicar la pesca en las rocas (llega una ola traicionera y te arrastra) que por ataque un tiburón. Ojo, y si te ataca es porque se ha confundido, ya sea porque el traje de neopreno negro le hace pensar que eres una foca, ya sea porque cuando te muerde te agitas como una foca en lugar de quedarte quieto. Vamos, que si te atacan es porque te lo mereces.

Pues así, igualito que cuando vas a viajar el día anterior hay un accidente aéreo, la noche antes de nuestra clase salió en la TV el caso de un ataque de escualo a pocos kilómetros de nuestra playa. La víctima, que practicaba Paddle Board, tuvo la suerte de perder sólo un dedo de la mano. Por supuesto, no le dije nada a la familia y allí nos fuimos.

He dicho que las olas eran pequeñas… y la corriente era enorme! No recuerdo una mayor sensación de impotencia que la de aquel día, intentando llegar hasta la zona donde nacían las olas, que no estaría a mas de 20 metros de la arena, donde el agua no nos cubría mas allá del pecho, intentando caminar contra la corriente, imposible. Conseguía avanzar 2 metros en una eternidad (10 minutos tal vez?) y de repente llegaba una ola que me arrastraba 5 metros atrás, eso si la tabla que llevaba atada a la muñeca no me había dislocado el hombro al salir volando por el impacto de la ola (eso en el mejor de los casos, lo normal es que le abriera una brecha en la cabeza a alguien que desgraciadamente estaba cerca. Otra opción es ir hacia la ola remando sobre la tabla, algo agotador si tienes los brazos fofos. Aparte de que intentar no salir proyectada al llegar la temida ola.

En fin, que cuando por fin llegamos y nos situamos en posición de coger la ola, estábamos molidos y sin fuerzas para ponernos de pie y recorrer sobre la tabla los escasos metros hasta la orilla, un placer que, en caso de conseguirlo duraba unos 10 segundos y vuelta a empezar. Al tercer intento decidí que no podía mas, que esto no era lo mío, demasiado duro para mi musculatura inexistente, y al llegar a la orilla me entraban unas ganas enormes de dejarme caer en la arena y olvidar la horrible idea que tuve al comprar este maldito curso. Pero resistí, resistimos todos. El que mas consiguió bajar la ola de pie sobre la tabla unas 3 veces, los demás nos dejábamos llevar tumbados o a cuatro patas, que también tiene su punto.

El dolor de los días siguientes me confirmó que sí, que mis músculos habían funcionado. Es más, descubrí que el surf hace mover músculos que ni siquiera sabía que existían. A saber, los de la papada.

En algunas playas, los salvavidas te rescatan en tabla de surf, cómo no!

En algunas playas, los salvavidas te rescatan en tabla de surf, cómo no!

Esta entrada está dedicada a nuestro amigo Rex, que mañana pasa por el quirófano. Hace una semana se golpeó la cara con la tabla y se rompió la nariz, por unos segundos perdió el conocimiento y tuvieron que rescatarlo los famosos salvavidas de Bondi Beach

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Deporte y estrés I

Tengo que confesaros que Luis y yo llevamos con bastante estrés la cuestión del deporte en este país. Al contrario de lo que promueve la Organización Mundial de la Salud de que el deporte tiene efectos beneficiosos sobre la mente, a nosotros nos produce una desazón cada vez mayor a medida que nos asentamos en esta ciudad. En Sydney, por lo menos, la gente corre a todas horas y en todos lugares, antes de ir al trabajo, al regresar del trabajo, eso si no van al trabajo en bicicleta subiendo las empinadas cuestas de la ciudad como si nada. Gente de todas las edades practica deporte en algún momento del día. Si vas a un parque, allí están con su entrenador personal, estiramientos, clases de Kick Boxing, circuitos… Los fines de semana se añaden, además, las bicicletas. Asociaciones de ciclistas se reúnen en alguna esquina y ponen rumbo a cualquier lugar a no menos de 40 kms, les apasiona. Vas a la playa y allí están los surferos esperando su ola, pero no penseis sólo en gente joven y atlética, tenemos varios amigos por encima de los 50 que en lugar de correr hacen surf, como si nada, van a la playa a primera hora de la mañana, cogen sus olitas y luego a trabajar. O salen en kayak en la bahía de Sydney, que tiene muchísimo tráfico y os aseguro que no debe ser nada fácil mantenerse a flote en medio del oleaje.

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Un día cualquiera en un parque del CBD (Central Business District)

Una tarde regresamos a casa, que está en la orilla norte de la bahía, en ferry. Desde el embarcadero hasta nuestra calle hay unos 15 minutos a pie cuesta arriba. Luis y yo subíamos arrastrando los pies, cansados y frustrados de ver cómo delante nuestro nos iba ganando distancia una chica vestida de “ejecutiva”, con su traje sastre y sus tacones de vértigo, hablando animadamente con un amigo mientras subía la cuesta a todo ritmo. Resulta que era nuestra vecina. Lo peor fue verla salir de su casa a los 5 minutos, ataviada con sus leggins y sus auriculares, corriendo calle arriba.

Luis y yo nos estresamos ante tanto deporte porque no practicamos ninguno. Somos los más vagos de la ciudad. Sacamos a pasear a Neva, eso es lo máximo. Como ella es mas vaga que los dos juntos, nuestros paseos consisten en arrastrarla hasta uno de los muchos parques con vistas espectaculares de la City y sentarnos en un banco a contemplarlas. El placer dura 15 segundos, enseguida escuchamos a nuestras espaldas el jadeo de algún corredor que ha llegado al parque a hacer algunas series de sprint o coloca sus piezas de colores en la hierba y crea su propio circuito. Y nos sentimos mal porque nosotros no somos capaces.

Hace un par de días, llegamos al parque de Sirius Cove, que tiene una pequeña playa. Estábamos solo nosotros y una madre que contemplaba a sus hijas corretear por la arena… hasta que decidió que debía aprovechar el tiempo. No pude evitar sacar unas fotos de Luis intentando relajarse ante tanta actividad a sus espaldas. Al final nos entró la risa floja, una risa de vergüenza de ser incapaces de ponernos las pilas a pesar de semejante presión ambiental. Creo que la madre se dio cuenta, porque nos dirigió una mirada de desprecio y aceleró el ritmo de sus abdominales.

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Deseos

Hace ahora 21 años cumplí mi deseo de infancia de viajar a Sydney. Me gustó tanto que soñé con vivir en esta ciudad y así se lo dije a un amigo:

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Media vida después, circunstancias que nunca habría imaginado me han traído a vivir a la ciudad de mis sueños. Así que no dejeis de desear cosas, cuando uno menos se lo espera, de repente la vida pega un giro y te ves metido de lleno en tu sueño.

Gracias, Yigus, por guardar la postal tantos años.

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Mi familia y otros animales*

No he desaparecido, simplemente nos ha visitado mi familia.

Hemos sobrevivido

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Esta foto se tomó en Jerez el año pasado, pero ilustra muy bien el estado en el que acabamos los Nicolau-Llull después de una de sus visitas. En este caso, ha sido aún mas intenso porque nos veíamos comprometidos a cumplir con las expectativas de una familia ansiosa por conocer un continente entero, experimentar todos sus tópicos y no quedar defraudados.

Creo que se superaron sus expectativas y para nosotros ha supuesto un ensayo general de cara a todos los que vais a visitarnos tarde o temprano. Solo os pedimos una cosa: no nos pidais ver Sydney, Melbourne, la Barrera de Coral, Ayers Rock, canguros, nadar entre tiburones, aprender a hacer surf y tocar un koala en sólo 20 días. Es, simplemente, imposible.

Aun así, nos dio tiempo a hacer muchas cosas en Sydney y a visitar varios lugares con tiempo para disfrutarlos. Hemos tenido anécdotas que dan para muchos capítulos, ya irán llegando.

Un poco de geografía…Sólo el estado de Nueva Gales del Sur, donde se encuentra Sydney, es mas grande que España. Entre Sydney y Melbourne hay la misma distancia que entre Sevilla y Barcelona. A partir de aquí, haced vuestros cálculos.

Una vez recuperados, ahora es cuando empieza de verdad nuestra vida en Australia. Sin perspectivas de que venga nadie a visitarnos en breve, nos dedicamos a nuestro día a día y nuestras nuevas rutinas. En mi caso, entre CVs y cartas de motivación para buscar trabajo, estoy aprendiendo a cocinar a marchas forzadas (ejem!), ya soy una experta cambiando enchufes a los pequeños electrodomésticos que trajimos de España y ni os cuento lo bien que se me da aspirar las hojas del jardín los domingos por la mañana. Como una auténtica australiana, pero no me quejo, porque en el reparto de tareas Luis tiene un cometido doméstico no menos importante: matar las múltiples cucarachas, arañas y saltamontes que ocupan nuestra casa a diario.

Esta semana, sin ir mas lejos, tuvimos nuestro primer encuentro con una de esas famosas arañas de Sydney. Marrón, enorme y peluda, corría a la velocidad del rayo mientras Luis le perseguía escoba en mano por toda la habitación, ¡qué angustia! No sabíamos si era de las asesinas o si nos podía saltar a la yugular con esas largas patas articuladas. Tan rápido iba que a ratos nos desaparecía de la vista, pero por suerte era tan grande que no tardábamos en localizarla de nuevo. Una vez acabada la faena, con el dormitorio patas arriba, nos pusimos a investigar en Google qué tipo de araña venenosa nos había visitado y nos sentimos fatal cuando descubrimos que se trataba de la popular Huntsman, muy frecuente en esta ciudad, que se alimenta de mosquitos y otros insectos. La verdad es que se agradece tener una Huntsman en casa, porque ayuda a acabar con esos mosquitos gigantes que muerden en lugar de picar. Pero, claro, con ese tamaño y esos pelos, cualquiera la invita a quedarse en casa.

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Gracias a nuestros amigos australianos hemos aprendido que es típico encontrártela detrás de una cortina, o en las toallas del baño, así que desde esa noche hemos incorporado una nueva costumbre: darle la vuelta a las toallas y sacudir los zapatos antes de utilizarlos. Otra habitual en nuestro jardín diminuto es la araña de la Cruz de san Andrés (me encantan estos nombres tan iconográficos), llamada así porque junta las patitas de dos en dos en forma de X. Estas navidades vimos un ejemplar espectacular en su telaraña en la entrada de una de las casas de nuestra calle. Me empieza a dar pena destrozarle la telaraña tan bonita y tan laboriosamente construida, dentro de poco tendré un dilema ético (amigas defensoras de los animales, ¿qué me aconsejais?

Está claro que los dueños de la casa llevaban días fuera.

Está claro que los dueños de la casa llevaban días fuera.

Eso fue hace 3 noches. Ayer la sorpresa al irnos a la cama fue un simpático saltamontes sobre la almohada. Para que os hagais una idea de su tamaño os diré que las antenas le medían 10 cms por lo menos (mi familia sabe que no exagero), de modo que Luis se puso de nuevo manos a la obra. Esta vez intentando no ser tan contundente en sus actos, le invitó amablemente a salir del cuarto, pero el saltamontes mostró su determinación a permanecer sobre la almohada aunque la sacudiera. Se vio obligado a sacarla al jardín y… ya no vi mas.

A las cucarachas ya ni las contamos. La repulsión inicial ha dado paso al gesto cotidiano de coger el spray y la escoba y lanzarse a por ella. Pueden ser varias en un día, sobre todo de noche, en cualquier lugar, de todos los tamaños… Junto a los mosquitos ocupan el primer lugar en el ranking de los invertebrados mas odiados.

En cuanto a los vertebrados, tenemos localizado un “possum ringtail” en nuestra calle, un pequeño marsupial que vive en los árboles. Lo vemos por las noches, cuando damos el último paseo a Neva. Suele estar en el cable de electricidad que va directo a la casa de Drew, que está frente a la nuestra. Es inofensivo, pero inquieta el modo en que se queda parado y mirándote fijamente mientras tú lo observas. Es típico que por la noche corretee ruidosamente por los tejados de las casas y también en jardines, donde se come los huertos caseros.

Ringtail_Possum

Dejo a los sorprendentes pájaros de Sydney para un capítulo aparte, porque éste me ha quedado un poco documental de la 2. Espero que no os hayais quedado dormidos.

 

*Disculpad la falta de originalidad. Me encanta este título de la novela de Gerald Durrell y en esta ocasión me viene de perlas

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La vuelta al mundo en mi calle

El día que me despedí de mi suegro antes de viajar a Australia nos encontramos en la pastelería Mauri de paseo de Gracia. Me dijo que, una vez mas, su hijo mayor le había dejado boquiabierto y que con esta decisión de trasladarse a la otra punta del mundo había superado su capacidad de asombro.

Hablando de lugares lejanos -un tema recurrente entre amigos y familiares desde que dimos la noticia de nuestra partida-, me contó un viaje que hizo a Japón en los años 50 o tal vez 60 para asistir a un congreso de medicina. Desde Barcelona hasta Tokio llegó a hacer 5 escalas a lo largo de tres continentes en ciudades que nunca había oído nombrar.

Apenas 50 años después puedes hacer ese recorrido sin salir de tu ciudad y en el caso de mi barrio, sin salir de una sola calle. Me refiero, claro, a la vuelta al mundo de restaurante en restaurante. En apenas 1,5 kms de calle puedes hacer un viaje gastronómico alrededor del mundo visitando hasta 14 países, algunos de ellos representados con dos o mas restaurantes: Alemania, China, España (con una churrería, un restaurante de tapas y una charcutería), Francia, Himalaya, Italia, Japón, Líbano, Malasia, México, Polonia, Tailandia, Turquía y Vietnam (estos dos últimos, junto a Japón y China, los más populares). Australia no tiene una cocina autóctona definida, pero en Glebe Point Road también puedes encontrar oferta de comida con ingredientes 100% australianos, algo que se valora mucho aquí.

San Churro, una tentación a 1$ el churro junto a casa. Detrás, la librería mas famosa de Sydney: “Gleebooks”

Aparte, puedes elegir comer en restaurantes orgánicos libres de ingredientes nocivos para el cuerpo o darte un homenaje en un pub típicamente inglés donde los domingos sirven el tradicional (y calórico) Sunday roast. Además, hay una gran oferta de pastelerías y cafés estilo italiano, francés o californiano, con su apreciado sourdough o pan de levadura natural.

Pero de la gran oferta multicultural de esta calle, lo que mas me ha fascinado es la tienda “Cruelty-free” en la que puedes comprar cualquier producto, desde detergente para la vajilla hasta una crema hidratante, con la tranquilidad de que ningún animal ha sido maltratado durante el proceso de producción, ni se han utilizado pesticidas o ingredientes procedentes de países que no respetan los derechos humanos. Así, en un potingue que me compré el otro día (¡no lo pude evitar!), se lee en la etiqueta: “libre de ingredientes y experimentos animales, vegano, propiedad y fabricación australiana, libre de aceite de palma, petroquímicos, sulfatos y parabenos. Por favor, recicle el envase”.

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712,000$ a la una…

Aquí no te compras una casa sin mas. No es tan sencillo, sino todo lo contrario. Es estresante y muy competitivo, tanto que aquí las casas no se venden sino que se subastan. Hace un par de sábados volvíamos de dar un paseo por Blackwattle Bay Park cuando vimos un grupo de gente reunida en medio de la calle: los compradores (en este caso hubo por lo menos 8 pujadores), algunos vecinos asomados a los balcones y bastantes curiosos como nosotros. Por supuesto, no faltaba el subastador, armado con su tradicional mazo, y el secretario tomando nota de las pujas. El objeto de la subasta era una casa diminuta, tan pequeña que tuvieron que celebrarla en la calle porque no debían caber mas de 10 personas en el interior. Un chico asiático apoyado en su bicicleta y una pareja joven eran los principales pujadores. Al final la pareja se hizo con la casita por la “módica” cantidad de 712,000$ a los que tendrán que añadir por lo menos otros 300,000$ si quieren convertirla en una vivienda digna del precio por el que la han comprado. En este vídeo podeis ver el momento de la adjudicación de la casa que es la que está detrás del señor, con el tejado de uralita rojo, sí, he escrito de uralita. ¿La ventaja? Que está a 100 metros del agua, junto a un parque, sin vistas, claro, porque entonces habría costado el doble.

Por favor, el día que veais un adhesivo como este en mi coche, no me lo permitais

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Una semana en familia

Sé que estabais ansiosos por ver esta foto…

Reconozco que me he pasado con el tamaño, pero la medida anterior me parecía demasiado pequeña para conmemorar un momento tan especial.

Neva lleva una semana en casa y en su primer día de libertad ya se mojó las patas (tampoco iba a hacer excesos en su primera salida!) en una de las mini-playas perrunas que hay por la bahía, con el puente ANZAC al fondo.

Aparte de los dos primeros días un poco confusos (yo, que le leo la mente, sé que pensaba “¿dónde c… estoy? no reconozco nada!”) ahora ya está en su salsa, con la novedad en su vida de los largos paseos por el parque, donde es la que peor se porta, ladrando y evitando a los demás perros, que son todos encantadores y educados. Me he dado cuenta que hasta que no ha llegado ella no había escuchado ladrar en esta ciudad.

En fin, me controlo para no explayarme sobre las maravillas de mi adorada perra. Simplemente quería corresponder a la avalancha de emails y cartas que me han llegado de todos los rincones del planeta preguntándome por ella.

¡Feliz largo fin de semana!

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Recorriendo la ciudad

No todo ha sido visitar a Neva y buscar casa. En este mes hemos realizado varias salidas culturales y hemos conocido a mucha gente. Nuestro primer acto cultural fue en el City Recital Hall, donde escuchamos el “Orfeo” de Monteverdi interpretado por la Australian Brandenburg Orchestra, con instrumentos de época, dirigida por Paul Dyer. Nos encantó, tanto la ópera como el espacio, que es el lugar de referencia para la música por encima de la Opera House.

También tuvimos suerte de poder visitar algo de la Biennale de Sydney en su último fin de semana. Parte de las obras se exponían en Cockatoo Island, una isla enmedio de la bahía que fue lugar de confinamiento de convictos en el s. XIX y donde también hubo unos astilleros a principios de s. XX entre otras cosas. Ahora es una isla “multiusos”, tanto puedes ver exposiciones o intervenciones de Street Art, como alquilar una tienda de campaña y pasar allí un fin de semana o ir a nadar a su playita.

 

También tuvimos nuestro estreno en la Opera de Sydney, Richard y Ross Madden nos invitaron a ver “Australia Day”, una obra de teatro que a través de las reuniones de un comité organizador del día de Australia en un suburbio de una pequeña ciudad critica con un humor ácido los tópicos de la sociedad australiana. Si la vuelvo a ver dentro de un año seguro que la entiendo mucho mejor! La Sydney Theatre Company ha estado dirigida por la actriz australiana Cate Blanchett durante 5 años, por desgracia ésta es su última temporada como directora, a ver si tengo la suerte de verla sobre el escenario algún día. Antes de ir al teatro, fuimos los 4 a cenar a un restaurante muy elegante cerca de Circular Quay. Richard pidió unos “fish & chips”. Me sorprendió que un lugar con esas pretensiones tuviera un plato tan popular en el menú, pero lo mejor vino después, cuando Richard, cerrando la carta comentó: “por suerte en Australia hemos heredado poco de la horrible cocina inglesa”, y se quedó tan ancho. Fue uno de esos momentos en los que te preguntas si te has perdido algo en la traducción, pero Luis y yo lo entendimos claramente y no parecía que hubiera ningún tono jocoso en su comentario.

Me encantan las butacas setenteras del teatro de la ópera

Rex Dupain nos llevó un sábado por la noche a un pequeño barrio lleno de artistas donde tiene su estudio de fotografía, Chippendale, situado entre Central Station y el campus de Camperdown. Se celebraba un festival en el que todos los artistas intervenían en la calle con proyecciones, instalaciones, música y comida. Allí conocimos a mas artistas que ya se han convertido en buenos amigos sydneyanos (¿se escribe así?)

 

Otro día, los encantadores Janet y Brian nos citaron nada menos que un domingo a las 8 de la mañana para dar un paseo por Sugarloaf Bay, al norte de la bahía de Sydney. Un precioso paseo en un bosque junto al agua, con los manglares en la orilla de enfrente. Parecía que habíamos hecho un largo viaje desde Sydney y estábamos a sólo 20 minutos de Glebe!

Mudy, el perro de Janet, dándose un baño junto a los manglares de Sugarloaf Bay (la bahía del Pan de Azúcar)

Quedar para pasear es una de las actividades mas típicas los fines de semana. Sydney tiene unos cuidadísimos parques urbanos, además de reservas naturales y parques nacionales intercalados con los suburbios, así que a poco que camines desde cualquier rincón de la ciudad puedes te encuentras en plena naturaleza. Sólo nos falta la mantita y montarnos nuestro picnic para estar integrados en la ciudad, no tardaremos en tenerlas.

Un sitio donde seguro os llevaremos a comer o cenar a los que vengais a vernos, es el Ripples Café, que está junto a la entrada del Luna Park, nada mas cruzar el puente a la derecha. Nos encantaron las vistas espectaculares de la bahía, lástima que diluvió durante toda la cena con los Black.

Antes de que empezara a llover nos dio tiempo a sacar una foto al gigante del Luna Park, que casi le hinca el diente a la calva de Luis.

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